Batalla de los puentes, una victoria popular sobre el fascismo

Balas, piedras, bombas, paramilitares, empresarios y políticos conformaron un ejército para promover una guerra desde Colombia, y así poder invadir a Venezuela el 23 de febrero de 2019.

El móvil, una supuesta ayuda humanitaria con el auspicio de un gobierno paralelo comandado por la Casa Blanca, para derrocar al gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro. Era la batalla de los puentes, allí venció el pueblo de Bolívar y Chávez, soberano y patriota.

Romain Mingus, periodista y ensayista francés, miembro de Secours Bolivariano de Marseille, de la Red Europea de Solidaridad con la Revolución Bolivariana y de la BRICS-PSUV, presenció los sucesos de la frontera colombo-venezolana, a los que llamó la batalla de los puentes.

Desesperados por fabricar un subterfugio para la guerra y una intervención militar en el país, los asalariados del hegemón norteamericano comprometían seriamente la paz de la República, con esta forzosa caravana de violencia comandada por el autoproclamado Juan Guaidó y su acolito, Iván Duque.

“El juego cambió y la ayuda humanitaria entra sí o sí, y la usurpación cesa sí o sí en Venezuela” decía entonces groseramente, Guaidó.

La hipocresía imperial había construido previamente la narrativa de ayuda humanitaria como parte del guión de agresión. Ante esto, y en respuesta justa y soberana, el presidente Maduro, respondió el 8 de febrero en rueda de prensa ante medios internacionales:

“Nos bloquean 30 mil millones de dólares en el exterior y luego le ofrecen a la oligarquía una comida podrida y contaminada, es un show y aquí no somos mendigos”, aseveró el jefe de Estado.

Los envíos de la presunta ayuda humanitaria coordinada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), y que fue quemada del lado de Colombia, para ocultar el fracaso del golpismo, revelaba su contenido y se detalló que apenas una parte podía ser alimentos o medicinas, el resto lo componía material para armar grupos terroristas que habían sido pagados para crear violencia en la frontera.

Los gobiernos de Colombia y Brasil, eran garantes de los camiones, mientras que en Curazao, se estableció un centro de acopio. Todos los contenedores permanecieron siempre en territorio neogranadino.

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El escuadrón del partido Voluntad Popular, fijó los destinos. El primero y de mayor provecho para la mediática mundial por el carácter de show de la acción suicida fue el Puente Simón Bolívar, en la zona de Villa Rosario, Norte de Santander. Esta operación fallida fue coordinada por el prófugo de la justicia, José Manuel Olivares, quien más tarde recibió el rechazo y el reclamo de los paramilitares contratados por Voluntad Popular, para generar enfrentamientos en la frontera.

El Puente Binacional Tienditas, que conecta al Táchira con el Norte de Santander, fue escogido por el enemigo quien recibió una certera derrota y del lado colombiano, lo acompañaba el dirigente de la derecha, Ismael García.

Otra trinchera tomada por los enemigos de la paz, fue el Puente Internacional Francisco de Paula Santander, ubicado entre Cúcuta y Ureña. Allí, del lado de Colombia, en una disputa por el control se encontraba la diputada Gaby Arellano. Esta operadora fue señalada por la mediática, apenas a unas horas de ese 23 de enero, de haberse embolsillado el dinero de la supuesta ayuda para obtener un penthouse en una prestigiosa zona de Bogotá.

En el Puente Unión, más al norte, en Puerto Santander, las acciones las coordinaba Omar Lares.

Muy temprano, ocurrió la primera arremetida contra la soberanía, los violentos implosionaron, la cerca del lado de Venezuela con un camión robado a la Guardia Nacional Bolivariana. Fue organizada por Olivares, la diputada Gaby Arellano, ambos prófugos de la justicia y Vilka Fernández, este último con cuentas pendientes con la justicia venezolana, y quien había sido favorecido a través del Diálogo Nacional, y puesto en libertad. Sin embargo traicionó a su propia patria.

Una vez más, Venezuela enfrentaba una agresión imperialista que fue derrotada por el sentimiento libertario que conduce a esta nación y que no está dispuesto a ceder su soberanía.

El despliegue y la cobertura de los medios de comunicación de la ultraderecha del mundo, se hicieron presentes al otro lado del puente, en Cúcuta, y pronto se sabría que se trataba de un infeliz show que gravitó con la viralización en las redes sociales de una falsa matriz que buscaba penetrar en el imaginario colectivo para dar la sensación de caos que permitiera la intervención militar gringa.

El fracaso les llegó temprano. El concierto Venezuela Aid Live, (Música por Venezuela, ayuda y libertad), organizado por el multimillonario empresario británico, Richard Branson, que buscaba recaudar 100 millones de dólares, se estableció en Cúcuta, ya no como narrativa de la ayuda humanitaria, sino del derrocamiento de Nicolás Maduro. Allí participaron los presidentes de Chile, Colombia y Paraguay, Sebastián Piñera, Iván Duque y Mario Benítez, respectivamente. Parte de las recaudaciones quedaron en las arcas de Voluntad Popular y de Juan Guaidó.

En contraposición, en Tienditas, el concierto Trump saca tus manos de Venezuela, era ofrecido gratuitamente por artistas patriotas y el pueblo llamó a la paz.

Con la anuencia de los presidentes y autoridades de Colombia, Chile, Estados Unidos y de la Organización de Estados Americanos (OEA), se pretendió fortalecer la imagen de un presidente autoproclamado, al que en los días siguientes la prensa de la ultraderecha mundial le propinaría una derrota moral, al develarse el guión que consistía – sin disimulo alguno- en una escandalosa red de corrupción.

En medio del fracaso Guaidó enfrentaba a un puñado de militares disidentes, que sin amparos financieros y desalojados de los hoteles donde se hospedaban, reclamaban en Cúcuta el abandono de un falso presidente.

La moral de Guaidó, sucumbía ante los medios que daban cuenta de las relaciones de gastos en los grandes hoteles colombianos, tiendas lujosas, discotecas y fiestas ostentosas de los dirigentes políticos venezolanos que percibían los fondos de la supuesta ayuda humanitaria, y que de acuerdo a su plan, debían ser asignado a los venezolanos, que ellos mismos habían afectado, pidiendo sanciones y bloqueos financieros en el mundo contra el país y poniendo en marcha una guerra multiforme.

Pero no sólo la mediática develaba la pudredumbre, pues el representante del autoproclamado en Colombia, Humberto Calderón Berti, hizo lo propio al decir que “personas designadas por Guaidó, de su entorno, manejaron recursos –en los que- había una serie de contradicciones, de facturas, de documentos (…) Yo lo llevé a la Fiscalía. Como había gente vinculada al círculo de Guaidó, pues no les agradó”.

A raíz de este reclamo, se sumaron los llamados diputados de la “rebelión en las regiones”, en otrora compañeros de las formula del G4, en la Asamblea Nacional en desacato, quienes forman una coalición opositora a Guaidó y ahora presiden el parlamento venezolano.

La supuesta ayuda humanitaria, una vez convertida en un escándalo de corrupción, paso a ser un caos para el gobierno de Colombia. Se desataba una sería violencia en la frontera del país neogranadino con paramilitares que reclaman a Voluntad Popular, un pago que nunca llegó.

El fraude, la malversación de fondos, el desvió de los recursos de los ciudadanos estadounidenses que fueron sorprendidos en su buena fe, componen el expediente negro de un final de un experimento que solo favoreció las arcas de la nueva burguesía parasitaria venezolana.

Los grandes derrotados en representación de Donald Trump: Luis Almagro, secretario general de la OEA y Elliot Abrams, enviado especial de Estados Unidos (EE.UU.) para Venezuela.

Del lado de Venezuela, reinó la paz. El presidente constitucional Nicolás Maduro, junto a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y el pueblo todo, se mantuvo incólume ante esta nueva agresión y levantó las banderas de victoria patria y defensa de la soberanía. En la Batalla de los puentes, se venció al fascismo y se escribió un nuevo capítulo de la historia con dignidad.

Prensa Presidencial